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14/5/08

ORFEO Y EURÍDICE

Hay muchos mitos dentro de la historia del arte, música o literatura que llaman poderosamente la atención y que son continuamente representados, quizás por la eternidad de sus enseñanzas. Uno de estos es el pasaje de Orfeo, tañedor de lira y cantor ,y su amada Eurídice, que, recogido por Ovidio en sus "Metamorfosis", sigue teniendo su vigencia actual con las representaciones que se llevarán a cabo en el Teatro Real de Madrid durante este mes con el ciclo de operas dedicadas a este tema. La primera será la famosa de Monteverdi, que fue estrenada para una representación privada el 24 de febrero de 1607 en el Palacio Ducal de Mantua y la segunda, la posterior de Gluck, donde destacará la actuación del tenor en alza Juan Diego Flórez, en el papel del poeta que desciende al subsuelo para encontrar nuevamente el amor.


Orfeo pierde a su amada Eurídice y tras bajar al Averno, una especie de infierno, para recuperarla, se le da la posibilidad de hacerlo con la condición de que no la contemple en el camino de vuelta a la Tierra. En medio de un profundo silencio, Orfeo y Eurídice tomaron un escarpado sendero oscuro envuelto de una espesa niebla. No estaban lejos de la superficie de la Tierra, cuando Orfeo, temeroso de perder de nuevo a su amada y deseoso de mirarla, volvió los ojos hacia ella. La ansiedad amorosa provocada por sus sentimientos no le permitió esperar. Inmediatamente, ella resbaló hacia atrás, alargando los brazos en su lucha por agarrarse a Orfeo que no pudo evitar la tragedia.


Orfeo se estremeció por la segunda muerte de Eurídice y sus ruegos para regresar al inframundo fueron en vano. Se sentó siete días en la orilla del río Estigio, abandonando su persona. El amor, el dolor de su corazón por la nueva pérdida y las lágrimas fueron su alimento. Finalmente, Orfeo se retiró a las alturas del monte Ródope y rehuyó todo contacto con las mujeres, porque había sufrido y porque había empeñado su fe en la ferviente recuperación de su amada. Sin embargo, muchas fueron las que anhelaron unirse al poeta y numerosas las doloridas por ser rechazadas. Su fidelidad a Eurídice fue motivo de canto de los poetas e inspiración de los compositores que ensalzaron su figura hasta nuestros días.

La idea que se desprende del mito podría ser la siguiente: mejor vivir intensamente un momento que una eternidad aburrida.



Pieter Paul Rubens: Orfeo y Euridice.


15/4/08

"El origen de El Señor de los Anillos" de Lin Carter

Hoy he terminado "El origen de El Señor de los Anillos" de Lin Carter. Ha supuesto una importantísima aportación crítica a mi conocimiento sobre Tolkien, a pesar de que el libro no está especialmente bien pulido y acabado. Comienza con unos capítulos muy interesantes acerca del clima cultural y social en el que se movía Tolkien en la época en la que se gestó su gran obra, y habla de sus contactos con otros escritores, entre los que destaca hoy en día C. S. Lewis, autor de las recientemente llevadas al cine "Crónicas de Narnia", libro que algún día leeré con bastante interés e ilusión.

A continuación le sigue una parte en la que se resume en muy grandes trazos los argumentos de El Hobbit y El Señor de los Anillos, una parte que cualquiera que los haya leído puede saltarse sin ningún miedo. Después viene la parte más relacionada con la literatura del libro. Carter realiza un recorrido desde las epopeyas de la Antigüedad, como la Odisea de Homero o las Argonáuticas de Apolonio de Rodas (espero no volver a olvidar que fue el primer director de la Biblioteca de Alejandría) hasta las obras de fantasía del siglo XIX pasando por los grandes ciclos medievales y las novelas de caballerías de la edad moderna. Aunque esta síntesis también es somera y resultará forzosamente simple para un filólogo, es abundante para quien nunca oyó hablar del Amadís de Gaula y suficiente para el que tiene unos conocimientos moderados sobre la materia. Por último, la parte más interesante es en la que se desgranan las fuentes dentro de la mitología nórdica de algunos de los personajes, historias y entornos de la obra de Tolkien.

Carter, que se muestra un gran conocedor de estas tradiciones nórdicas, realizó un exhaustivo estudio de todos los elementos del universo tolkieniano que provenían directa o indirectamente de la Edda Antigua, compendio de libros que califica como "el Antiguo Testamento de las religiones nórdicas": Si bien ya se conocían algunos nexos con la obra wagneriana, como era por ejemplo, el tema de los anillos, en la Edda se encuentran además algunos de los nombres que aparecen tanto en El Hobbit como en El Señor de los Anillos, ya sea literales, como Bifur, Bombur, o el propio nombre de Gandalf, ya sea ligeramente alterados como Frode. Pero no sólo nombres, también tradiciones como la espada rota que se vuelve a forjar para acabar con un gran mal, el tesoro que vuelve invisible al portador, o el gran dragón que custodia un tesoro y que sólo puede morir si se le asesta una estocada en el único punto débil de su panza.

Todas estas cosas me han llevado a realizar una autocrítica acerca de mi veneración por Tolkien. Si todas estas cosas están tomadas de la mitología nórdica, ¿no le resta mérito a Tolkien? Ni qué decir tiene que la respuesta a esta pregunta siempre ha partido de mi cabeza buscando la justificación para el "no", pero creo que tampoco me he engañado demasiado.Es cierto que tengo que quitarle algunos puntos de sus calificaciones en imaginación, pero creo que también tengo que subirle algunos a su calidad de escritor. Primero porque Tolkien encarna a la perfección los conceptos clásicos de traditio e innovatio, es decir, la capacidad de tomar la tradición y trabajarla para sacar todavía algo nuevo. Y segundo porque hace falta ser muy bueno para mezclar un corpus mitológico tan vasto como el nórdico con la propia imaginación y conseguir algo que no sólo no sea una imitación servil del material existente sino que además sea tan elegante y plantee cuestiones humanas como la amistad, la nobleza o la traición con la universalidad con que lo hace.

Y Gandalf... Reconozco que me ha dolido mucho saber que su nombre ya aparecía en uno de los poemas de la Edda, y que me hablaran de otros magos de los que podría derivar como Merlín, o de grandes personajes cuasidivinos que se camuflaban bajo harapos como él. Sin embargo, el Gandalf de Tolkien es una invención magistral, uno de esos personajes por los que resultaría imposible abandonar la lectura, un héroe, que tiene más de dios por su elevada condición humana que por lo que en él hay de sobrenatural, alguien de quien se puede llorar amargamente su muerte y del que se admira su determinación, su sabiduría, su extraña cercanía. Y todas estas cosas son única y exclusivamente del Gandalf de Tolkien, que además es el único que también es Mithrandir, el "peregrino gris" en la lengua de los elfos que Tolkien creó.

10/4/08

HÉRCULES Y ESPAÑA


A finales del siglo XV y principios del XVI surge, tanto en España como en el resto de reinos europeos, un fuerte carácter nacionalista. Las motivaciones que llevan a cada estado a reivindicar su papel en la Historia y sus características diferenciadoras van desde las religiosas a las imperialistas pasando por las culturales o la resistencia al invasor. Para llevar a cabo sus proyectos de Estado, los dirigentes conciertan matrimonios, promueven acciones bélicas y sobre todo, encargan programas propagandísticos que justifiquen dichas acciones en busca de esa identidad nacional.Si nos fijamos en el caso concreto de España, no tardaremos en darnos cuenta de que la preparación de dicho programa surge de los motores culturales del momento: las universidades, siendo Salamanca, Alcalá y Valladolid los principales estudios donde se reúnen las principales luminarias del pensamiento humanista español. Así las cosas, con la toma de posesión de Carlos V de la corona imperial en 1520 se inicia un proceso de justificación del propósito de unificar Europa de nuevo como en los viejos tiempos del Imperio Romano con España como cabeza bien visible, es entonces cuando se comienza a buscar en las raíces de la historia española algún hecho que lo pruebe. Para legitimar la relación española con la Antigüedad nada mejor que acudir a fuentes de la Antigüedad: La huella de Hércules en España. Para ello se acude desde un principio a los textos medievales de Ximénez de Rada "El Toledano", quien en su De rebus Hispaniae apunta que Hércules, en cumplimiento de su décimo trabajo, llegó a costas gaditanas (entonces posesiones de os Tartessos) en busca del monstruo Geryon a quien debía robar el ganado. Estos escritos abrieron la veda para que durante el siglo XV se escribieran más interpretaciones de los textos mitológicos, como fue el caso de Nebrija en su Muestra de las Antigüedades de España (1499), y estos fueran rescatados en el XVI buscando, a través de la retórica de la imagen con que los representaban, una representación iconográfica nacional. El resultado de ellos es una amalgama de personajes y fundaciones de ciudades que configuran los límites estatales, que, empezando desde las Columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar), la puerta del Hades (relacionada con las orillas del Guadalquivir), el puente romano de Salamanca, el Acueducto de Segovia o la Torre de Hércules en La Coruña, atraviesan la península unificándola en la Historia. Junto a ello, nombres legendarios unidos a Hércules como Hispán (Hispania), Íspalo (Híspalis) o Liberia (Illiberis, luego Granada) que, según ciertas interpretaciones (tan libres y peregrinas en algunos casos) dan fe de la relación del Héroe con España, que podemos ver representada en medallas, monedas, pinturas e incluso relieves, como es el caso de la fachada de la Universidad de Salamanca, de la que por cierto, otra leyenda dice que el mismo Hércules guardó en un agujero las siete artes liberales y sobre ellas construyó el estudio salmantino, en cuyo patio colocó una estatua con una efigie propia donde los estudiantes acudían en busca de la inspiración...
Siempre hay algo de historia tras cada leyenda, pero mientras tanto, disfrutemos de la imaginación de nuestros antepasados.

9/3/08

Luca Giordano en el Casón del Buen Retiro

Aprovechando mi privilegiada posición laboral no podía dejar pasar la oportunidad de comentar someramente las impresiones que me ha provocado esta importante exposición organizada con motivo de la finalización de las obras del Casón. Posiblemente aporte en un futuro alguna entrega más tratando diversos aspectos y particularidades de algunas obras. Asimismo, espero no desatinar en exceso, pues como bien sabéis, estos siglos XVII y XVIII guardan aún numerosos misterios para mí.
La visita comienza con una presentación de los dos principales protagonistas de la exposición: Luca Giordano y Carlos II. El pintor es representado en un elegante autorretrato que transmite una sensación de orgullo y suficiencia que casi ofende al que lo contempla. La figura se enmarca en un óvalo y se pueden observar los atributos del pintor enalteciendo su labor. Frente a él, y siguiendo un formato similar, Carlos II con armadura. A su lado, la curiosa extracción de una parte de un muro del palacio en el que figura un retrato al fresco de Carlos II.
La siguiente sala nos introduce en el contexto histórico del casón mediante algunas representaciones del mismo y de algunos proyectos de restauración. La sala se completa con dibujos preparatorios de musas, alegorías, etc., además de interesantes estampas que reproducen los frescos que decoraban los espacios entre las ventanas superiores y que representaban los 12 trabajos de Heracles. Tales frescos desaparecieron tras diversos avatares.

La siguiente estancia muestra varios lienzos de formato dispar en los que demuestra su destreza con las composiciones de múltiples personajes y su conocimiento de las figuras alegóricas basándose en la Iconología de Cesare Ripa, como es el caso de Messina restituída a España, o dominio de temas históricos tanto del Antiguo Testamento(Degollación de los Inocentes) como profanos (Turno vencido por Eneas).
Una pequeña sala de transición guarda algunos cuadros de pequeño formato. Excepto dos retratos el resto son bocetos para diferentes decoraciones murales. Merece la pena mencionar las tres composiciones pertenecientes al ciclo de la Batalla de San Quintín, apuntando gran habilidad para pintar escenas de batallas.

La siguiente estancia trata el polémico asunto de la gran capacidad de Giordano como imitador de otros artistas, práctica habitual den pintores noveles, siempre que estos no lleguen al extremo de copiar hasta la firma del pintor imitado, como así hizo Giordano en algunas ocasiones, lo que le ha acarreado una adversa fortuna crítica durante mucho tiempo. Así, nos encontramos con varias obras de su mano ubicadas junto a originales de los pintores a los que imita.

Destaca la Sagrada Familia de Rafael, de un colorido tan suave y una dulzura tan extraordinaria que simplemente por ella merece la pena visitar la exposición. En la misma sala sorprende la baja calidad de alguna obra de Giordano, asunto este que trataré en otra ocasión.
La última estancia previa al Salón de Embajadores contiene algunos lienzos de diferente formato. Dos de ellos son composiciones verticales de tema mitológico que sobresalen por la excelente solución que da creando espacios entre los distintos planos evitando que se ahoguen entre ellos.
El salón central exhibe la bóveda con la magnífica
Apoteosis de la Monarquía Española, uno de sus grandes 5 murales al servicio de Carlos II. Sería demasiado extenso entrar en detalles iconográficos y compositivos, por lo que sólo diré que salvo algún pequeño defecto en cuanto a perspectiva, ésta obra encumbra a Luca Giordano como principal decorador de finales del XVII. Para una mejor comprensión del conjunto, sobre una mesa se expone un esquema explicativo de los temas representados.

Bajo ella se disponen varios cuadros históricos (algunas batallas ensalzando a la monarquía española encarnada en la figura de Fernando el Católico) y bíblicos, pero sin duda el más curioso es Rubens pintando la alegoría de la Paz. Una composición en la que Afrodita rechaza a Ares, Dios de la guerra, mientras en Furor se retuerce para liberarse de las cadenas de le atan ante los cañonazos que anuncian el inicio de la guerra. Todo ello en presencia del mismo Rubens que observa al espectador. No deja de sorprender la adopción del estilo del flamenco por parte del napolitano, tanto en anatomías y vestimentas como en la gama cromática, que se encamina directamente al barroco flamenco de Van Dick o Frans Hals.

Como colofón, al final del recorrido se expone un breve pero interesante reportaje fotográfico sobre el Casón y sus distintas vicisitudes históricas. En mi opinión, gran idea en cuanto al aporte de cierto sentido educativo de la exposición.
En definitiva, un buen plan vespertino para ser comentado a posteriori en alguna de las tabernas cercanas.