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27/4/08

Lanzarote: luz y silencio


"El día 1 de septiembre 1730, entre las nueve y las diez de la noche, la tierra se abrió en Timanfaya, a dos leguas de Yaiza...y una enorme montaña se levantó del seno de la tierra".



Así aparece descrito históricamente por el que era párroco de Yaiza por entonces, Lorenzo Curbelo. A partir de ese día las erupciones volcánicas se sucedieron continuamente en la isla sumiendo a sus habitantes a vivir de manera infernal durante los 6 años siguientes bajo una densa nube de ceniza que no dejaba pasar la luz del sol y constantes temblores de tierra que sacudían el ánimo de los conejeros.
Aquel hecho transformó la fisonomía de la isla. Las coladas de lava vomitadas por los volcanes se desplazaban en todas direcciones hasta enfrentarse con el mar, que al contacto enfría y solidifica el magma expulsado aumentándose considerablemente el tamaño de la isla. Por este motivo una cuarta parte de la isla está cubierta por rofe (lapilli), lava A-A (más irregular) y lava de pies descalzos (de superficie más lisa). Las pequeñas partículas de rofe cubren a modo de manto grandes extensiones de campo que los agricultores han aprovechado para sacar un mayor rendimiento a sus cultivos pues almacena muy bien la humedad del rocio, fundamental en una isla de escasas precipitaciones.
Los lugareños parecen resguardarse del fuerte viento en sus pequeñas casitas blancas de dos alturas planteando al visitante la duda de si aquellos pueblos están o no abandonados. No hay publicidad, tan solo en tres puntos turísticos de la periferia. Sus costas están azarosamente salpicadas de íntimas calas y agitados acantilados donde mar y tierra se funden en ruidosos abrazos. La fuerza del agua ha ido desgastando con su empuje la roca basáltica en la zona de Los Hervideros, ofreciéndonos un sublime paraje que llega a estremecer al más insustancial espíritu.
La potencia de los elementos no solo se nos revela aquí. El Parque Nacional de Timanfaya es, en sí mismo, la Naturaleza en estado puro. Las erupciones supusieron el fin de la vida anterior, pero también el comienzo de una nueva, el año cero de la Tierra. Casi tres siglos después de la catástrofe los líquenes comienzan a colonizar este desierto de lava, se convertirán en los catalizadores del proceso de la evolución natural, como si al origen nos hubiéramos remontado. La vida animal apenas se manifiesta por reptiles (lagarto de Haría) y aves depredadoras que sirven para controlar la superpoblación de conejos.
Una virtud reina por encima de todas: el silencio. Todo está en calma, la mirada se habitúa a ella y serena el alma. La quietud del interior parece responder el bramido de las cercanas olas. La introspección te apodera y eres consciente de la belleza que te rodea cuando admiras la inmensidad del océano desde lo alto de una montaña mientras eres zarandeado por caprichosas ráfagas de viento.
La luz del sol no es deslumbrante. Es tenue, nítida, penetrable. Invade los cuerpos, enmarca el espacio que ocupan. El reposo es continuo, la mano del Hombre ha sido benévola con su medio y nos seduce con contrastes delicados y elegantes: piedra volcánica y muros blancos. La licencia permitida es la decoración en azul, verde o beige de las ventanas y puertas de los hogares. La homogeneidad es abslotuda.
En Lanzarote uno se siente cercano a la Naturaleza, en contacto con ella.

24/3/08

EL ÁNGEL DE TUDELA.

Si hay una época del año en que la religiosidad sale a la calle en su estado más puro, a veces visceral, ésta es la Semana Santa. Cientos de cofradías engalanan sus "pasos" y los muestran al pueblo en procesiones a las que acuden personas de todas las edades, atraídas por el repicar de los tambores, que marcan el ritmo de los cofrades en un paseo fúnebre que, en muchas ocasiones, hiela el alma de los espectadores.

Pero no es de las procesiones de lo que quiero hablar. A lo largo y ancho de la península se extienden ceremonias con cientos de años de tradición; uno de ellos es El Ángel, y se celebra en mi pueblo, Tudela.


Esta ceremonia data de 1663 y, salvo en contadas ocasiones (Guerras Civiles, inclemencias del tiempo), se ha venido celebrando regularmente todos los Domingos de Resurrección. La celebración empieza a eso de las 9 de la mañana, cuando la Virgen del Ángel, con un velo negro cubriéndole la cara, sale de la Catedral de Tudela acompañada por una procesión de fieles y personalidades de la Iglesia, que llegan a la Plaza Nueva a eso de las 9'10.

Es en ese momento cuando se abre una gran portada, dispuesta para la ocasión en el segundo piso de la "Casa de Reloj", y aparece un niño (este año, por primera vez, una niña), caracterizado como el arcángel San Gabriel, moviendo brazos y piernas y enganchado por la espalda a una gran maroma que atraviesa toda la plaza.

El recinto contiene entre sus cuatro lados los vítores de la muchedumbre, silenciados de forma fulminante en el momento en que el niño ángel se para frente a la Virgen y le dice... "Alégrate, María, que tu hijo... ¡Ha resucitado!

Entonces, en una difícil maniobra, el ángel quita con la boca el velo negro a la Virgen, mientras en toda la plaza empieza a sonar el "Aleluya" de Haendel. Es muy apreciado entre los tudelanos que el niño consiga quitar el velo con la boca a la primera, sin tener que ayudarse de las manos.

El acto termina cuando, entre gritos, aplausos y aleluyas, el ángel se retira mientras desde los balcones se sueltan palomas para celebrar la resurrección de Cristo.

Cuelgo el vídeo del Ángel de este año, aunque por desgracia no se ve muy bien...




11/3/08

La pintura del silencio

Hace poco hablé de la Cúpula. Durante la década de 1430, en la que se completaba, tenía lugar, a pocos metros de allí, la creación de otra obra de arte de inconmensurable calidad. Mucha gente se pregunta a menudo si hay realmente obras de arte "buenas" y obras de arte "malas", y cuáles pueden ser las cualidades cuantificables para determinar su grado de calidad. Luis Gracia Iberni, insigne profesor de música reciente y tristemente fallecido, dijo una vez en una de sus clases que las obras de arte no pueden ser ni "buenas" ni "malas" por el mero hecho de que esto son atributos morales y no estéticos, que son los que deben utilizarse en este caso; así, las obras son "bellas" o no lo son. Apliquemos o no el término más correcto, considero que la calidad de al menos una parte de las obras de arte no es un término relativo que deba ser determinado por el espectador, el crítico, el creador o el historiador, sino que es absoluto y es en sí uno de los mayores méritos que esa obra puede alcanzar. Es el caso de la Piedad de Michelangelo, de La Escuela de Atenas de Raffaello o de Las Meninas de Velázquez. También de las pinturas del piso superior del claustro de san Marco, en Florencia.

La historia del monasterio de san Marco se cruza con la de Cosimo de' Medici, como casi todo acontecimiento político y cultural del segundo cuarto del siglo XV. Cosimo, al regresar del exilio veneciano, en 1434, y tras acoger al huído papa de Roma, Eugenio IV, consulta con él algún modo de purgar el pecado más extendido en la época entre los comerciantes: la usura. El papa, en una práctica habitual, le pide al pater patriae que asuma la remodelación del monasterio de san Marco, por entonces en el límite de la ciudad (hoy embebido en el trazado urbano más céntrico) y en un estado de semirruina que lo hacía prácticamente inhabitable. Cosimo encarga a su arquitecto de mayor confianza, Michelozzo, el importante proyecto. Mientras se van finalizando las labores estrictamente arquitectónicas, da comienzo también la decoración del claustro, realizada por uno de los propios monjes: Fra Giovanni, que será más tarde recordado como Fra Angelico o Beato Angelico, por la espiritualidad de su dulce pintura. Angelico pintará una a una las celdas de sus hermanos en el claustro superior, amén de la celda particular del propio Cosimo, una Anunciación en el corredor y una gran Crucifixión en el piso inferior.

San Marco - Anunciacion del corredor

El que vea estas pinturas reproducidas en cualquier libro probablemente pase por encima de ellas con rapidez, pues son figuras religiosas de las que hay decenas de miles de ejemplos en las iglesias católicas de Europa. Los temas no son originales, las figuras no presentan novedades radicales y sólo una exagerada capacidad para la gradación del color podría hacer detener la vista en ellas.

"Cada cien pasos una torre cortaba el aire; para los ojos el color era idéntico, pero la primera de todas era amarilla y la última escarlata, tan delicadas eran las gradaciones y tan larga la serie." (Borges, El Palacio del Rey)

Angelico podría haber pintado esas torres.

Pero el éxito de esas pinturas no radica en esas gradaciones. Cuando uno pasea por las galerías del claustro y se asoma a cada una de las celdas, percibe poco a poco que la grandeza del Beato Angelico está en haber sido capaz de representar todas las historias bíblicas en el más absoluto de los silencios, en haber pintado el antónimo de la estridencia. Esas pinturas debían inducir a los monjes a la meditación, al recogimiento, al sosiego, al sereno estado que precede al pensamiento elevado. Imagino que en un monasterio a las afueras de Florencia en el siglo XV las condiciones eran ya lo suficientemente favorables para este tipo de pintura. Es por eso que el verdadero triunfo de Angelico consiste en apagar incluso hoy los molestos ruidos que circundan nuestro entendimiento y aislarlo para que funcione con independencia, en el silencio necesario y sacro. Es por eso que la visita a san Marco inquieta, perturba, nos obliga a conversar con una parte de nosotros con la que apenas tratamos y nos pone en contacto con la aridez de nuestros ocres y grises.

San Marco - Anunciacion en celda
Menos mal que al finalizar el recorrido, Ghirlandaio sale a nuestro encuentro a reconfortarnos para que olvidemos el profundo examen interior al que hemos sido sometidos.


Ultima Cena de Ghirlandaio