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14/7/08

EL TORMENTO Y EL ÉXTASIS

Si hay algún capítulo conocido en la Historia del Arte Renacentista, ése es el de la accidentada relación entre Miguel Angel Buonarrotti y el Papa Julio II. Dos caracteres fuertes, difíciles de doblegar, que iniciaron su relación a partir del encargo que realizó el Papa al joven florentino: ni más ni menos que un sepulcro de tamaño colosal que se ubicaría bajo la cúpula de San Pedro.

Los avatares de la historia hicieron que el propio Julio II pospusiera sus deseos de ver terminado el sepulcro en favor de otra magna obra: Pintar los techos de la Capilla Sixtina.


Dicen las malas lenguas que este encargo fue adjudicado a Miguel Angel por consejo de Bramante, arquitecto personal de Julio II, empeñado en desprestigiar a toda costa al joven artista, que ya había demostrado su talento en obras como la Piedad Vaticana, y empezaba a constituir una amenaza.


Miguel Angel, que nunca se consideró otra cosa que escultor, acometió este encargo a regañadientes. Emprendió la obra en cuatro años, entre 1508 y 1512, justo a tiempo para que Julio II pudiera disfrutar del placer de verla terminada, tras tantos desencuentros con el Buonarrotti.


EL TORMENTO Y EL ÉXTASIS es una película basada en la novela de Irving Stone del mismo nombre. En ella, se nos muestra la relación entre un Julio II muy distinto del retrato de Rafael, y un Miguel Ángel interpretado por Charlton Heston, bastante bien caracterizado.


Sin entrar a buscar errores históricos, que a buen seguro los habrá, el logro de esta película no se centra tanto en el estudio de los dos personajes principales, tan distintos pero a la vez tan parecidos, sino en lo verosímil de los decorados: muchas veces uno duda de si realmente lo son, o no.


El film, grabado en 1965, tiene los pros y los contras que se le pueden buscar a una película que ya tiene 43 años: Aunque los personajes están bien caracterizados, y bastante bien interpretados (especialmente el Julio II de Rex Harrison), se deja notar que lo que más se busca es la grandilocuencia visual. Para ello, y a falta de ordenadores que ahorraran trabajo, se hicieron reconstrucciones de la Capilla Sixtina, de lo que debió ser el "solar" sobre el que Bramante empezó a levantar San Pedro, y se gastó mucho dinero, evidentemente, en vestuario.

En definitiva, no es la película más entretenida del mundo, pero consigue que los que amamos el Arte sintamos cierto gustazo viendo a Miguel Angel practicando el estarcido para siluetear las figuras, o ingeniándoselas para hacer un andamio lo más práctico posible... o pintando La Creación de Adán.

8/7/08

Purgatorio XI, 94-96

Credete Cimabue ne la pintura
tener lo campo, e ora ha Giotto il grido

sì che la fama di colui è scura.

Para los historiadores del Arte, he aquí tres de los versos más importantes de la Commedia de Dante. La traducción más literal sería: "creyó Cimabue en la pintura mantener la primacía, y ahora Giotto tiene tanta fama que la suya se ha oscurecido".

El abrazo en la Puerta Dorada, 1303 - 1305, Cappella Scrovegni, Padua

Estos versos se citan a menudo tanto para ensalzar a Giotto, como muestra de la grandiosidad de su pintura, que se tenía superior a la del gran Cimabue, como para alabar a Dante, poeta que también era capaz de apreciar la pintura y establecer valoraciones críticas sobre este arte. Esto, que en principio podría parecer una ambigüedad que terminase en una alabanza más de dos genios de la Historia, encierra para mí parte de la admiración profunda que siento por Italia en general, y por la Florencia renacentista en concreto. ¿Dante y Giotto no eran góticos?

Dante y Giotto sólo pueden pertenecer a eso que llamamos renacimiento, que en última instancia no es otra cosa que la exaltación vitalista, natural, civil y positiva del hombre. No hay más que pasear por la Cappella Scrovegni o por el Infierno dantesco para sobrecogernos con los duros golpes de realidad que se nos presentan: todas y cada una de las figuras que allí vemos son un ser humano completo, entero; no hay apenas un pecador de Dante del que no nos apiademos ni rostro giottesco que no nos conmueva o nos interrogue sobre su existencia o la nuestra propia. Su universo está formado por hombres, que aun con todos sus lastres y sus deficiencias, son el medio elegido por la Naturaleza para conocerse a sí misma. Y tan alto honor debe ser celebrado.

30/6/08

Paseo por Almazán

Tras una larga noche entre porrones de vino, camareros octogenarios y tres escasas horas de sueño, decidí aprovechar la mañana y pasear por la villa soriana de Almazán.
Me acerqué a su casco histórico por la arboleda que acompaña al curso del río Duero, que lame las laderas del monte sobre el que se yergue orgullosa la población. Desde allí se observa en cada momento la fachada gótica del palacio de los Hurtado de Mendoza, de finales del s. XV y con una bella galería "hispanoflamenca" de arcos rebajados sustentados por pilares ochavados. Allí se estableció la corte de los Reyes Católicos durante algunos meses de 1496 y también la pequeña corte habilitada para el adiestramiento del heredero de España, el enfermizo infante don Juan, muerto en 1497 según dicen algunos, fruto de los ardores amorosos con su bella esposa Margarita de Austria.

Al final de la arboleda cruza un puente sobre el Duero que atravesé buscando un acceso al interior de la villa. Lo encontré por una calle abierta, pero siguiendo la muralla hacia arriba me topé con la Puerta del Mercado, el más imponente acceso fortificado de Almazán compuesto por un doble arco apuntado y flanqueado por dos impresionantes torreones prismáticos. Se le dio el nombre por el mercado que la población judía aznamantina celebraba en sus cercanías.

Desde allí se divisa un nueva iglesia que decidí visitar. No tiene nombre ni emblema alguno en sus muros, ni un cartel indicativo para turistas, pero su triple ábside románico y sus sobrias ampliaciones posteriores aportan una solemnidad mortecina al edificio que te hace preguntarte cuanto tiempo llevarán sus puertas cerradas. Quizás fue una suntuosa iglesia en algún momento del que dejan constancia algunos arranques de arcos góticos al Sur con angelotes sujetando escudos borrados por el tiempo y un sobrio campanario. Hoy he sabido que es la iglesia de Santa María del Campanario.

Bajé entonces una calle que, pasando por la iglesia de San Pedro (s. XVII), desemboca en la Plaza Mayor, dominada por la fachada renacentista del palacio de los Hurtado de Mendoza, comenzada a levantar en la segunda mitad del s. XVI bajo los preceptos del más puro clasicismo romano, flanqueada por dos torres cuyos chapiteles escurialenses no se llegaron a realizar.

Frente a la fachada, la iglesia de San Miguel, joya del románico soriano en la que, aparte de poder observar un decálogo de sistemas constructivos del románico penisnsular, encontramos un pórtico en la entrada, capiteles decorados con cesterías e historiados, un interior con tablas flamencas, tallas góticas y sarcófagos románicos, y sobre todo, una impresionante cúpula mozárabe en perfecto estado con arcos entrecruzados y apertura central para la linterna.


Desde allí, tras observar el curso del Duero desde las alturas del mirador de la muralla, bajé de nuevo al hotel pasando por la Puerta de la Villa, peculiar en sí misma por el reloj público levantado sobre el arco gótico de la muralla en el siglo XVIII, que daba fin a mi visita tocando las 11 de la mañana.

16/6/08

Los códices violados

En los años 1438 y 1439 tuvo lugar, en Ferrara y Florencia, un sínodo eclesiástico conocido como Concilio de la Unión. Las iglesias oriental y occidental, separadas ya entonces desde casi cuatro siglos, trataron de reunificarse en lo que ha sido el último intento real hasta nuestros días. Aunque los motivos que impulsaron el concilio fueron sobre todo de carácter político-militar (Constantinopla, capital del imperio oriental de Bizancio, estaba asediada por los turcos y necesitaba la ayuda de Occidente), existían unas diferencias dogmáticas que había que resolver, siendo la más peliaguda la procedencia del Espíritu Santo. La iglesia griega mantenía que procedía sólo del Padre, mientras que los latinos consideraban que también del hijo, y por ello habían añadido a su credo la famosa clásula "filioque", que literalmente significa "y del hijo".

Las discusiones sobre este problema fueron protagonizadas por Giovanni di Montenero por parte latina y por Marco Eugenico de Éfeso por los griegos. A lo largo de varias sesiones durante la primera mitad de 1439, ambos expusieron sus razonamientos, apoyándolos, claro está, de las citas necesarias para mantener sus afirmaciones. Los griegos citaron principalmente autores orientales, mientras que los latinos citaron no sólo los occidentales sino también un gran número de escritos griegos, pues contaban en sus filas con grandes conocedores de esta tradición, como Ambrogio Traversari. La cuestión era que resultaba imposible que los santos que habían realizado los escritos se contradijeran entre sí, ya que todos debían decir lo mismo, porque un dogma inquebrantable de la Iglesia es la infabilidad de los santos respecto a la doctrina.

Muchos fueron los textos leídos y comentados por las dos partes, algunos confusos, otros quizá ambiguos y otros desconocidos por la parte contraria, por lo que despertaban las sospechas en ambos bandos y motivaron acusaciones de falsedad en los códices exhibidos. Sin embargo, a través de los días se fue quitando la paja y se llegó a los textos que contenían en sí la controversia y la solución al conflicto. Se trataba de textos, principalmente de san Basilio, que tanto Montenero como Eugenico habían citado, pero con distinta interpretación. Pronto se dieron cuenta de que no eran exactamente los mismos textos. Las frases que sustentaban la posición latina no aparecían en los códices griegos, que al ser mucho más antiguos (san Basilio fue obispo de Cesarea y por fuerza los textos más vetustos se conservaban en Grecia) podían considerarse como originales, mientras que las mencionadas frases serían probablemente añadidos posteriores hechos con mejor o peor intención.

Sin embargo, Nicolás de Cusa, prelado occidental, había adquirido recientemente en la misma Constantinopla un códice de san Basilio que sostenía las tesis latinas y que era más antiguo aún que los que habían llevado los griegos, ya que estaba hecho de pergamino y no de papel, un material más moderno para la elaboración de estos códices. Esto propició un examen de los libros que los griegos habían llevado al concilio y pudo comprobarse cómo las frases conflictivas no eran añadidos latinos, sino que habían sido cuidadosamente borradas en los textos griegos, algo que gran parte de los bizantinos (e imagino que los latinos si hubieran estado en su lugar) se negó a reconocer . Y esta cancelación, de la que probablemente ninguno de los griegos que asistieron al concilio era responsable, es la que aún hoy mantiene separadas a ambas iglesias...

13/6/08

EL CURIOSO IMPERTINENTE, de Guillén de Castro.



La Compañía Nacional de Teatro Clásico está representando, hasta el 15 de junio, El Curioso impertinente, de Guillén de Castro.

Lo que Cervantes escribió al modo de "novela ejemplar" intercalada en el primer capítulo de El Quijote, el valenciano Guillén de Castro lo convertirá en comedia trágica. El argumento, aunque tratado al modo de la Comedia Nueva Lopesca, es una reinterpretación de historias del mundo clásico, extraídas de libros como la Historia de Heródoto. Nada nuevo bajo ese Sol que nunca se ponía en España.

El argumento, decía, nos cuenta la historia de Lotario y Anselmo, amigos desde la infancia, compañeros en mil batallas, que nunca han tenido secretos entre ellos y han compartido todo hasta el momento. El Destino les pondrá a prueba ahora: ¿podrán compartir también el amor de Camila?

Éste es el dilema principal de esta comedia, situada en Florencia "para poder hablar de las dificultades que plantea una sociedad tramposa que vive con una doble moral, para vituperar el matrimonio, para mofarse del poder y los poderosos", como reza el libreto.

En definitiva, una obra fabulosa, de gran sentido trágico oculto por chispazos cómicos, bien llevados a escena por eficaces actores que se mueven con soltura en el escenario y, sobre todo, entre la cubista y giratoria escenografía.

Por cierto, los amantes de las novelas de capa y espada al estilo de Alatriste, se encontrarán en "El Curioso impertinente" con un personaje, Culebro, que logra en pocas horas lo que intentó (a vuestro juicio queda si lo consiguió) Pérez Reverte en sus novelas.

29/5/08

"Venecia, Tintoretto" Jean-Paul Sartre

Sartre nos propone en este ensayo un viaje por su particular Venecia a través de la figura de Tintoretto, un pintor fiel a la ciudad lacustre, donde residió durante 75 años en los cuales supo ganarse el prestigio de patronos y Scuolas, dejando muestra de tal favor en San Rocco o en la Iglesia de Madonna dell’Orto en el tranquilo barrio de Canareggio. Pese a lo novedoso de su convulsa pintura, embravecida como el mar según el magnífico prólogo del profesor Francisco Calvo Serraller, que nos introduce en la suculenta historia aludiendo a esa pasión del filósofo existencialista por la rebeldía de Tintoretto; su triunfo se debió a las inquietudes de sus mecenas, alejadas de las tranquilas composiciones tizianescas y gustosos del realismo de Jacopo Robusti detto il Tintoretto, más acorde con la situación de continuas luchas con Oriente en las que estaba inmersa la República Veneciana. No es de extrañar por tanto, que el Cuarto Felipe atesorase entre sus colecciones del Alcázar una mayoría de pintura veneciana heredada del buen gusto de su abuelo Carlos V (recordemos por ejemplo el magnífico lienzo del "Lavatorio de los pies" del Museo del Prado).

La rivalidad entre pintores fue una tónica dominante durante el siglo XVI, sin ir más lejos Tiziano hizo todo lo posible para que Tintoretto cayese en el olvido, nombrando como sucesor a Paolo Caliari conocido como il Veronese, pese a la enorme diferencia de edad de ambos. Sastre relata muy bien estas afrentas, como por ejemplo:

“Cuando nació Jacopo, el viejo (Tiziano) tenía cuarenta y un años, y cuando el joven (Tintoretto) intentó por primera vez afirmarse, setenta y dos. Habría sido el momento de ceder el puesto, habría sido un detalle morirse. ¡Que va! Aquel infatigable monarca reinó veintisiete años más; cuando desapareció, centenario, tuvo la suprema dicha de dejar una Pietá inacabada, como las jóvenes esperanzas sesgadas…”

Para Sartre todo es un decorado, una ciudad fantasmagórica que te atrapa cada vez que vas, por eso concluye con la idea que todas las vivencias allí acaecidas no serán más que un espejismo pertenecientes a esa divina atmósfera enaltecida por el constante rumor del agua de los canales, que atravesados por puentes y góndolas, nos transportan a épocas de dogos, pintores, aventureros o seductores.

Carlos V y el Furor

Quizás haya sido la visión primero del imponente Poseidón de bronce y luego del famoso mármol romano, pero justo en ese momento he pensado en la obra más impactante de Leone y Pompeo Leoni.

Entre este bronce y la escultura de Augusto hay tantas similitudes como diferencias, pero lo que es cierto es que Leone Leoni (auténtico creador de la escultura) consigue que su obra respire el mismo aire imperial que podría haberle insuflado cualquier avezado escultor 1500 años antes. La misma actitud sosegada, el paso hacia adelante, el gesto impasible, y sobre todo, los llamativos juegos de manos que centran nuestra atención, un emperador sujetando a su propio furor, y otro que parece amarrar a su pueblo. Basta una ojeada para darse cuenta que ambas efigies quieren dar la misma sensación de seguridad imperial.


Por otro lado, hay que tener en cuenta que la misma imagen de Carlos V trata de ser una proyección hercúlea de la monarquía española, por ello, cuando se le quita la armadura(curiosidad esta constatada por el mismo Portela, auténtica eminencia en estas lides) nos queda un desnudo tan musculoso e imponente que podría haber sido ideado frente al mismo Moisés miguelangelesco. El mismo tipo anatómico se repite en el Furor, que es sujetado por una de las fortísimas manos del emperador, alegoría de la Templanza, una de las cuatro virtudes cardinales, que nos transmite cómo el emperador supo vencer a su propia ira para mantener la calma frente a la lucha contra la herejía.

27/5/08

Epístola de Pietro Martire

El humanista Pietro Martire D´Anghiera vino a España de la mano del Conde de Tendilla para participar en la guerra de Granada y se estableció en Jaén, entonces centro de operaciones del ejército español. Tal era la fama que le precedía que el mismo Talavera le propuso como preceptor de los jóvenes nobles de la corte, como se hacía entonces en los distintos estados italianos. A ello se negó con un rotundo "No quiero nada con Apolo sino con Marte". Allí conoció al joven y erudito provisor de la catedral de Jaén, Diego de Villaescusa, con quien fraguó una sincera amistad.
Cuando hablamos de personajes del pasado, tendemos a tanto a mitificar sus vidas como a sacralizar sus legados. Nada más bello hay que percatarte de que, a pesar de la perpetuidad de su memoria, eran personas de carne y hueso, problemas cotidianos y motivaciones terrenales.
Transcribo a continuación la carta íntegra que envió el italiano al español como muestra de que la erudición no es enemiga de la sencillez ni del buen humor, así como prueba del gesto cotidiano que a veces tan difícilmente asociamos a este tipo de personajes.

A DIEGO DE VILLAESCUSA, EL MÁS BRILLANTE DE LOS TEÓLOGOS, DEÁN DE GRANADA Y PROVISOR DE JAÉN
No se me ocurre qué escribirte especialmente a ti, siendo así que tengo un interés particular en ello, porque estoy en la obligación de hacerlo. No hay ningún negocio entre nosotros. Si me pongo a tratar contigo de asuntos literarios, lenta tortuga iría por el estadio en persecución de un alado corcel. Pienso que es un pecado callar, ni me está permitido el hacerlo, pues que tú me mandas que te escriba. Tiemblo ante tus mandatos, porque eres juez; en razón de jerarquía te tengo respeto, porque tú eres el Deán de la Metropolitana y yo canónigo tuyo, y, finalmente, te tengo veneración a causa de tu sabiduría. No sé, por tanto, qué partido tomar. Pero ya sé qué hacer, Villaescusa. Te tengo cogido, sapientísimo patrón mío. Se me ha ocurrido algo en lo que no me puedas vencer: Sal armado al campo; yo te espero para la lucha cubierto con mi yelmo. Quisiera que a pie o a caballo te encontraras con Mártir armado de pies a cabeza. Me adiestró tu España. Me consta, además por experiencia propia, hasta qué límite llegas en los banquetes, cuando de paso por Jaén (que vosotros creéis Mentesa, donde desempeñas por el Prelado el cargo de Provisor, como vulgarmente se dice) me invitaste en el coro como a canónigo, solamente a siete platos. Tengo un cocinero que sabe preparar maravillosamente ocho platos exquisitos. Mis criados te servirán asimismo de las prensas de Baco vinos más deliciosos que los que tú me ofreciste. Te ruego me indiques si estás dispuesto a luchar conmigo. A tiempo de yo nacer, Marte sopló de frente en mi horóscopo. No sé vivir en la tranquilidad del puerto y me veo arrastrado a buscar con quien pelearme de una manera o de otra. Me dirigiré a otro (y no me faltará quien), si es que tú, o por pereza, o por miedo al sonido de la trompeta animadora o tal vez por envanecimiento con tanto poderío, rehusas. Adiós.

Desde Valladolid a 2 de junio de 1492.

7/5/08

Niccolò da Tolentino, "el envidioso"

Niccolò da Tolentino es uno de los condottieri más conocidos de la primera mitad del siglo XV en Italia. Para los menos iniciados, resumiré que un condottiero era un general mercenario que vendía sus servicios a la ciudad que mejor pagara cuando estallaba una contienda. Y eso, en la Italia de la época, era muy a menudo. Su lealtad a las ciudades y repúblicas que defendía se basaba únicamente en cuánto recibían a cambio. Eran los cracks futbolísticos de la época, y por eso pedían los mayores reconocimientos y gloria para la posteridad.

En 1432 Florencia concedió a Michele degli Attendoli, otro conocido condottiero al servicio de la ciudad, un casco de oro (sería muy interesante saber quién lo hizo) valorado en la nada despreciable suma de 2000 florines. Como comparación, diré que el mismísimo Brunelleschi cobraba 200 florines al año por sus trabajos en la Cúpula. Una vez que Niccolò se enterò del regalo, y carcomido por la envidia, exigió al comune florentino ser reconocido con el mismo galardón, que no tuvo más remedio que encargar un nuevo casco ante el temor a perder a Tolentino, algo no deseable no ya por la pérdida en sí, sino porque su condotta (la soldadesca que le acompañaba) iría derecha a engrosar el ejército enemigo milanés, una experiencia conocida que Florencia no estaba preparada para repetir.

Tres años después, en 1435, Niccolò murió, y tal hubo de ser el miedo al condottiere incluso después de muerto, que además de enterrarle en la catedral (quizá hable otro día sobre la mezcla de lo sagrado y lo profano) le encargaron a Andrea del Castagno una pintura que le conmemorara, como la que ya había hecho Paolo Uccello sobre Giovanni Acuto (maravillosa italianización del inglés John Hawkwood) en un lateral del duomo.

5/5/08

Juan Antonio Cebrián

Ya se ha escrito en esta Logia en varias ocasiones sobre el fallecimiento de personas ligadas a la cultura y casualmente a nuestro entorno. Por ello no quería dejar pasar la oportunidad de hacer un pequeño homenaje a Juan Antonio Cebrián, maestro y defensor de la cultura radiofónica e impulsor de mi progresiva adicción a la Historia.
Nos abandonó el 20 de octubre de 2007 de un ataque a su corazón, que dañó también los corazones la legión de noctámbulos seguidores ávidos del saber que dejó tras de sí.
A pesar de su juventud (41 años), Cebrián, amigo y admirador del también fallecido Jiménez del Oso, ya contaba en su haber con multitud de libros publicados, todos ellos enfocados a hechos históricos, y la mayoría elaborados como fruto de las interesantísimas tertulias radiofónicas y sobre todo de las secciones "Versus" y "Pasajes de la Historia", del programa que tantas horas de placer me ha proporcionado: La Rosa de los Vientos. La emoción también le arrastraba a él mismo cuando nos hablaba de genios de la talla de Napoleón Bonaparte, Julio César y, sobre todo, Alejandro Magno, de quien tomaría prestado el nombre para regalarselo a su hijo.
Pero su campo de actuación no se limitaba al hecho histórico, sino que, como si de un humanista se tratase, mostraba gran interés por los avances científicos, naturaleza, astronomía, etc., dejando también un espacio en su programa para otros ámbitos culturales como la música, el cine, los cómics o el misterio. Era pues, a su manera, un "hombre universal"
Hoy, el programa continúa, y ahora lleva además su nombre porque así lo han querido quienes han tomado el testigo de su mentor. Ahora, en cambio, no son 4 sino 3 las "ces" que discuten cada noche sobre la actualidad histórico-científica, pero todas impulsadas por el ánimo y la inquietud de quien desde el Parnaso de las ondas observa con su sonrisa sencilla el paso de la Historia.

10/4/08

HÉRCULES Y ESPAÑA


A finales del siglo XV y principios del XVI surge, tanto en España como en el resto de reinos europeos, un fuerte carácter nacionalista. Las motivaciones que llevan a cada estado a reivindicar su papel en la Historia y sus características diferenciadoras van desde las religiosas a las imperialistas pasando por las culturales o la resistencia al invasor. Para llevar a cabo sus proyectos de Estado, los dirigentes conciertan matrimonios, promueven acciones bélicas y sobre todo, encargan programas propagandísticos que justifiquen dichas acciones en busca de esa identidad nacional.Si nos fijamos en el caso concreto de España, no tardaremos en darnos cuenta de que la preparación de dicho programa surge de los motores culturales del momento: las universidades, siendo Salamanca, Alcalá y Valladolid los principales estudios donde se reúnen las principales luminarias del pensamiento humanista español. Así las cosas, con la toma de posesión de Carlos V de la corona imperial en 1520 se inicia un proceso de justificación del propósito de unificar Europa de nuevo como en los viejos tiempos del Imperio Romano con España como cabeza bien visible, es entonces cuando se comienza a buscar en las raíces de la historia española algún hecho que lo pruebe. Para legitimar la relación española con la Antigüedad nada mejor que acudir a fuentes de la Antigüedad: La huella de Hércules en España. Para ello se acude desde un principio a los textos medievales de Ximénez de Rada "El Toledano", quien en su De rebus Hispaniae apunta que Hércules, en cumplimiento de su décimo trabajo, llegó a costas gaditanas (entonces posesiones de os Tartessos) en busca del monstruo Geryon a quien debía robar el ganado. Estos escritos abrieron la veda para que durante el siglo XV se escribieran más interpretaciones de los textos mitológicos, como fue el caso de Nebrija en su Muestra de las Antigüedades de España (1499), y estos fueran rescatados en el XVI buscando, a través de la retórica de la imagen con que los representaban, una representación iconográfica nacional. El resultado de ellos es una amalgama de personajes y fundaciones de ciudades que configuran los límites estatales, que, empezando desde las Columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar), la puerta del Hades (relacionada con las orillas del Guadalquivir), el puente romano de Salamanca, el Acueducto de Segovia o la Torre de Hércules en La Coruña, atraviesan la península unificándola en la Historia. Junto a ello, nombres legendarios unidos a Hércules como Hispán (Hispania), Íspalo (Híspalis) o Liberia (Illiberis, luego Granada) que, según ciertas interpretaciones (tan libres y peregrinas en algunos casos) dan fe de la relación del Héroe con España, que podemos ver representada en medallas, monedas, pinturas e incluso relieves, como es el caso de la fachada de la Universidad de Salamanca, de la que por cierto, otra leyenda dice que el mismo Hércules guardó en un agujero las siete artes liberales y sobre ellas construyó el estudio salmantino, en cuyo patio colocó una estatua con una efigie propia donde los estudiantes acudían en busca de la inspiración...
Siempre hay algo de historia tras cada leyenda, pero mientras tanto, disfrutemos de la imaginación de nuestros antepasados.

9/4/08

El amor según Tiziano


En un cuadro de Tiziano de 1548 que se conserva en el Museo del Prado, titulado “Venus, el amor y la música” y que probablemente fue un regalo de bodas por la alianza que tiene la mujer en uno de sus dedos, se encierran unos significados certeros sobre el amor que vamos a tratar de desvelar.

El amor sacro aparece representado en primer plano: es el de los sentidos, aquel que combina el intercambio de miradas con la música que emana del piano de madera enarbolando al mismo tiempo una sensación de quietud, calma y ansiado deseo dentro de los cauces de la virtud y fidelidad, identificada con el perro acariciado por la Venus.


En segundo plano el amor profano: la lascivia encarnada en ese ciervo que nos presenta a esa pareja del fondo que se agarran sin ningún pudor, exhibiendo un amor muy distinto al que contemplábamos antes. Los significados han cambiado: la mujer desnuda es la que tiene la grazia, la naturalidad, la espontaneidad o cualidad que Baldassare di Castiglione denominó sprezzatura en su imprescindible manual de “El Cortesano”, traducido por Boscán en 1534. Valores completamente opuestos a la vestida que con su indumentaria y gestos nos introduce en el mundo del artificio, distante y esquivo con los sentidos. Todo ello enmarcado en un paisaje con perspectiva tomada de Serlio donde se advierte la presencia del pavo real, que anticipa la fecundidad de la que gozará esa distante pareja que se dirige al infinito del bosque.


Tiziano ya nos mostró en 1514, haciendo un guiño a nuestra logia, este interesante debate sobre el amor en su cuadro de la romana Galeria Borghese “Amor sacro y profano” donde aparecen las figuras con las cualidades descritas anteriormente. No hubo una representación tan fiel de la pureza como en el angelical rostro de la figura desnuda. Contemplen la exultante grazia, la belleza que evocan los sentidos puesta de manifiesto en esta expresión de la cara, reflejo de la virtud o perfección que los griegos llamaban areté. Nadie como el veneciano supo reflejar de tal manera la sprezzatura.

Como hemos comprobado, las dudas sobre el amor como contraposición de vicio y virtud vienen desde el Renacimiento. Ahora os toca elegir a vosotros, logicatorcistas, que sendero queréis tomar antes de montar en la barca de Caronte… ¿sacro o profano?


11/3/08

La pintura del silencio

Hace poco hablé de la Cúpula. Durante la década de 1430, en la que se completaba, tenía lugar, a pocos metros de allí, la creación de otra obra de arte de inconmensurable calidad. Mucha gente se pregunta a menudo si hay realmente obras de arte "buenas" y obras de arte "malas", y cuáles pueden ser las cualidades cuantificables para determinar su grado de calidad. Luis Gracia Iberni, insigne profesor de música reciente y tristemente fallecido, dijo una vez en una de sus clases que las obras de arte no pueden ser ni "buenas" ni "malas" por el mero hecho de que esto son atributos morales y no estéticos, que son los que deben utilizarse en este caso; así, las obras son "bellas" o no lo son. Apliquemos o no el término más correcto, considero que la calidad de al menos una parte de las obras de arte no es un término relativo que deba ser determinado por el espectador, el crítico, el creador o el historiador, sino que es absoluto y es en sí uno de los mayores méritos que esa obra puede alcanzar. Es el caso de la Piedad de Michelangelo, de La Escuela de Atenas de Raffaello o de Las Meninas de Velázquez. También de las pinturas del piso superior del claustro de san Marco, en Florencia.

La historia del monasterio de san Marco se cruza con la de Cosimo de' Medici, como casi todo acontecimiento político y cultural del segundo cuarto del siglo XV. Cosimo, al regresar del exilio veneciano, en 1434, y tras acoger al huído papa de Roma, Eugenio IV, consulta con él algún modo de purgar el pecado más extendido en la época entre los comerciantes: la usura. El papa, en una práctica habitual, le pide al pater patriae que asuma la remodelación del monasterio de san Marco, por entonces en el límite de la ciudad (hoy embebido en el trazado urbano más céntrico) y en un estado de semirruina que lo hacía prácticamente inhabitable. Cosimo encarga a su arquitecto de mayor confianza, Michelozzo, el importante proyecto. Mientras se van finalizando las labores estrictamente arquitectónicas, da comienzo también la decoración del claustro, realizada por uno de los propios monjes: Fra Giovanni, que será más tarde recordado como Fra Angelico o Beato Angelico, por la espiritualidad de su dulce pintura. Angelico pintará una a una las celdas de sus hermanos en el claustro superior, amén de la celda particular del propio Cosimo, una Anunciación en el corredor y una gran Crucifixión en el piso inferior.

San Marco - Anunciacion del corredor

El que vea estas pinturas reproducidas en cualquier libro probablemente pase por encima de ellas con rapidez, pues son figuras religiosas de las que hay decenas de miles de ejemplos en las iglesias católicas de Europa. Los temas no son originales, las figuras no presentan novedades radicales y sólo una exagerada capacidad para la gradación del color podría hacer detener la vista en ellas.

"Cada cien pasos una torre cortaba el aire; para los ojos el color era idéntico, pero la primera de todas era amarilla y la última escarlata, tan delicadas eran las gradaciones y tan larga la serie." (Borges, El Palacio del Rey)

Angelico podría haber pintado esas torres.

Pero el éxito de esas pinturas no radica en esas gradaciones. Cuando uno pasea por las galerías del claustro y se asoma a cada una de las celdas, percibe poco a poco que la grandeza del Beato Angelico está en haber sido capaz de representar todas las historias bíblicas en el más absoluto de los silencios, en haber pintado el antónimo de la estridencia. Esas pinturas debían inducir a los monjes a la meditación, al recogimiento, al sosiego, al sereno estado que precede al pensamiento elevado. Imagino que en un monasterio a las afueras de Florencia en el siglo XV las condiciones eran ya lo suficientemente favorables para este tipo de pintura. Es por eso que el verdadero triunfo de Angelico consiste en apagar incluso hoy los molestos ruidos que circundan nuestro entendimiento y aislarlo para que funcione con independencia, en el silencio necesario y sacro. Es por eso que la visita a san Marco inquieta, perturba, nos obliga a conversar con una parte de nosotros con la que apenas tratamos y nos pone en contacto con la aridez de nuestros ocres y grises.

San Marco - Anunciacion en celda
Menos mal que al finalizar el recorrido, Ghirlandaio sale a nuestro encuentro a reconfortarnos para que olvidemos el profundo examen interior al que hemos sido sometidos.


Ultima Cena de Ghirlandaio

2/3/08

La revisión del texto

Quintiliano, en un pasaje de su Institutio Oratoria, advertía contra el pigrium emmendandi, es decir, la vaguería a la hora de revisar algo que se ha escrito con el fin de depurarlo y adecuarlo exactamente a las directrices de cada texto. Decía que era necesario dejar espacio entre las líneas que se escribían en primer lugar para que resultara más fácil introducir modificaciones, para que el papel (él habla realmente de la tablilla) nos invite a hacerlo y la pereza no nuble nuestra primera intención. Más de mil años después, el hombre que casi oficialmente puso la primera piedra del Renacimiento, Francesco Petrarca, apuntaba al margen de su manuscrito de Institutio Oratoria en el mismo pasaje: verissimum et expertium, es decir, que no sólo lo consideraba cierto, sino que lo había probado en su propia piel.

Hoy, más de seiscientos años después de Petrarca y casi dos mil después de Quintiliano, no existe el pigrium emmendandi, ya que los medios digitales han convertido la edición de cualquier texto en algo extremadamente fácil. Lo que también ha desaparecido, me temo, es la voluntad de reescribir y de perfeccionismo que latía en ellos. Yo mismo firmo ya este texto y apostaría a que no lo retocaré nunca.

13/2/08

La Cúpula y la noción de armonía

Un día, ya cerca de terminar la licenciatura, me pregunté si tenía alguna obra de arte preferida, alguna que realmente valorara por encima del resto. Comencé a pensar en la inmensa cantidad de pinturas que he visto en mi corta, pero de momento bien aprovechada, vida, ya que tengo una especial predilección por el arte de los pinceles. Recordé entonces La Escuela de Atenas, que sin darme cuenta hizo que me apartara para dejar pasar a Platón y Aristóteles; me vino a la cabeza también El Martirio de San Mateo, del Caravaggio, que me sobrecogió desde el vientre y me explicó qué era aquello que todos los profesores llamaban simplemente claroscuro. Sin embargo, pensé que con gran probabilidad mi obra de arte preferida estaría en la ilustre Florencia, y así fue. Pero no era un cuadro, ni un fresco, era la cúpula que Filippo Brunelleschi construyó para Santa Maria del Fiore.

Florencia, en los últimos años del medievo, pugnaba constantemente con las demás ciudades de la Toscana, especialmente Pisa y Siena, por la preeminencia en todos los niveles: político, religioso y cultural. Así, el levantamiento de las catedrales en estas tres ciudades se había convertido no sólo en una ocasión para ornar el más alto templo cristiano de cada una de ellas, sino en una competición en la que demostrar no sólo al mundo, sino sobre todo a los toscanos, qué catedral era la más bella y, por ende, qué ciudad legitimaba su primacía sobre las demás. Pisa terminó a finales del siglo XIII, culmen de su hegemonía marítima, su espléndida catedral de cinco naves de ecos islámicos, y sus fantásticos baptisterio y campanile, aún famoso entonces sólo por su gran belleza. Siena completaba su catedral a comienzos del siglo XIV, un edificio imponente que dominaba desde lo alto el escarpado y romántico perfil de su ciudad. En el interior, los mosaicos del suelo y la abundancia de mármoles verdes la situaban en posición de disputar con Pisa el primer lugar. Florencia, en cambio, tenía una catedral a medio terminar, de largas paredes lisas, donde aún había que construir la cúpula, que por tamaño y esplendor, debía rivalizar con Santa Sofía de Constantinopla. El proyecto de Arnolfo di Cambio preveía una gran cúpula, pero pronto se dieron cuenta de que la carpintería de la época no podría construir la cimbra sobre la que levantarla, así que el agujero permaneció con el paso de los años, haciendo casi impracticable la catedral y convirtiéndose poco a poco en motivo de mofa por parte de las ciudades cercanas. A finales del siglo XIV, Francesco Talenti creyó dar con la solución y construyó un tambor que debía facilitar el levantamiento de la cúpula; sin embargo, al terminarlo se vio que había sido peor el remedio que la enfermedad, y que el tambor no sólo no ayudaba a sujetar la cúpula, sino que hacía subir la altura total, algo que sólo aumentaba la dificultad global del problema.

A principios del siglo XV, el Comune de Florencia convocó un concurso buscando el maestro de obra que fuera capaz de solventar de algún modo el agujero que avergonzaba a toda una ciudad. Allí acudió un señor llamado Filippo di Ser Brunellesco, que sería más conocido posteriormente como Filippo Brunelleschi, y que hasta entonces era respetado tanto como platero (memorable altar de plata de Pistoia) como por maestro de obras, tales como la iglesia de San Lorenzo o la loggia del Ospedale degli Innocenti. A él y a Lorenzo Ghiberti, el artífice más conocido de la ciudad después de sus puertas de bronce para el baptisterio, se les asignó el hercúleo trabajo de completar la catedral.

El desarrollo de la historia nos permite conocer que fue Brunelleschi quien llevó la guía en todo momento de la construcción de la cúpula, si bien al principio el nombramiento como capomastro también de Ghiberti pudiera habernos hecho dudar sobre la autoría real de la obra. De hecho, parece que Brunelleschi, queriendo ayudar al historiador futuro, puso en marcha una treta para dejar claro a quién correspondía el mérito: algunos días, en los que las obras requerían instrucciones precisas de la mente que estaba detrás de todo aquello, Brunelleschi casualmente enfermaba, lo que dejaba a Ghiberti en evidencia al frente de los obreros y autoridades. Por eso, y aunque Ghiberti nunca dejó de cobrar por este trabajo, poco a poco el único al mando fue Brunelleschi.

La solución al agujero era tan sencilla como evidente: si no se podía construir una cimbra de madera, habría que levantar la cúpula desde el tambor. Para hacerlo, hubo que construir no sólo una, sino dos cúpulas. Una primera bóveda semiesférica y encima una apuntada, dejando vacía la parte intermedia para aligerar el peso. El método consistía en ir construyendo la cúpula en espiral, haciendo subir progresivamente el nivel de la misma, casi del mismo modo en que cae el helado de la máquina sobre el cucurucho. Para ello, había que colocar los ladrillos con un sistema conocido como "espina de pez", muy usado en la Antigüedad y que probablemente Brunelleschi conoció en un más que probable viaje a Roma. A pesar de este ingenioso recurso, el trabajo no se habría podido llevar a cabo sin las máquinas que el propio Brunelleschi diseñó para tal fin, y que hoy pueden verse en los espacios que hay de camino a la cima de la catedral.

Fue así como poco a poco la cúpula se fue completando hasta que estuvo terminada hacia 1434, siendo solemnemente inaugurada por Eugenio IV el 25 de marzo de 1436, día en que comenzaba el año en Florencia. En los años posteriores se completaron las semicúpulas de los brazos del crucero y el ábside y se culminó la cúpula con la linterna que hoy vemos.

Sin embargo, hasta ahora sólo he hablado de la parte técnica e histórica de la Cúpula. ¿Es por eso mi obra preferida? Claro que no, serían argumentos demasiado pobres... Es mi obra de arte preferida porque es la más hermosa culminación posible de un edificio destinado a celebrar la gloria de un dios, porque su espléndida tensión es la de un viento que la empuja desde dentro, un viento llamado poder del hombre, quien a través del estudio, de la imaginación y del trabajo es capaz no sólo de solventar un problema sino de hacerlo de la forma más bella que nadie hubiera podido imaginar, porque a través de su silueta hace participar al hombre de la divinidad a la que apuntan sus líneas, porque estando a sus pies uno la siente como un portal entre el mundo terreno y esa chispa, ese fogonazo que nos dio la existencia. Leon Battista Alberti dijo que la Cúpula cubría con su sombra todos los pueblos de la Toscana; yo digo que si el cielo tiene fin, tiene su forma y que lo que no se vea desde allí arriba, no existe, o no importa. Hay algo mágico, algo místico en sus líneas que no sólo no podemos descubrir sino que tampoco debemos; tenemos que dejar sólo que nos llene, que fluya a través de nosotros e instaure en nuestras entrañas la noción de armonía universal que algún día nos llevará al lugar del que todo procede.

10/2/08

La portada del Colegio de Cuenca

Durante los últimos años del s.XV y los primeros del XVI se fundan en la joven España multitud de colegios universitarios, fomentados desde la Corona como criaderos de funcionarios del Estado. Salamanca, Valladolid y Alcalá de Henares ven como sus ciudades se transforman al ritmo que marcan los tracistas contratados por los fundadores. Así, en Valladolid se crea el Colegio de Santa Cruz, costeado por el Cardenal Mendoza, en Alcalá de Henares Cisneros erige la Universidad Complutense y en Salamanca se crean varios colegios mayores a semejanza del Colegio de San Bartolomé. En estos colegios se facilitaba el estudio a personas pobres y estaban facultados para otorgar los mismos grados que la Universidad de Salamanca.
De entre ellos, el más destacado por los cronistas, el más costoso y el de una calidad artística más cuidada era el de Cuenca, fundado por D.Diego Ramírez de Villaescusa, obispo de Cuenca. A él dedicó su vida, para él pidió prebendas y donativos, y a él dejó de único heredero.
Se sabe que las trazas del proyecto se encargaron a Juan de Álava, quien estaba trabajando en las obras de la Catedral Nueva de Salamanca, así como se conoce que se desplazó hasta Cuenca para presentar el proyecto a Villaescusa con una maqueta a escala del futuro colegio. Esta maqueta, que puede ser la primera de este tipo en España, quedó en poder del patrono, quien según ciertos testimonios, se deleitaba con su contemplación y hablaba constantemente sobre el proyecto. Desgraciadamente a su muerte en 1537 los trabajos se paralizaron y no pudieron reanudarse hasta mediado el s. XVIII.
La portada nunca llegó a ejecutarse tal cual había sido concebida por Juan de Álava, lo que ha llevado a multitud de investigadores a lanzar diversas hipótesis sobre su posible aspecto.
Durante los ss.XVI y XVII algunas instituciones encargan retratos de sus patronos, y la representación tipo nos muestra al personaje en cuestión con sus atributos y un espacio abierto en el que se representa su obra.


Arriba queda el Cardenal Mendoza, en cuyo retrato se muestra la fachada del Colegio de Santa Cruz de Valladolid. Esta imagen ha sido utilizada como fuente gráfica del proyecto original de la fachada del edificio.
A la izquierda, un retrato de Diego Ramírez de Villaescusa, copia del procendente del seminario de Málaga. Al fondo, una fachada renacentista con el escudo del prelado en el segundo cuerpo.
Es aventurado conjeturar con tanta ligereza sobre este tema, pero la semejanza de esta representación arquitectónica con la fachada del convento de los agustinos, también de Salamanca, también de Juan de Álava y coetáneo al Colegio Mayor de Cuenca, me llevan a contemplar la posibilidad de que esta sea una representación de la fachada del Colegio de Cuenca basada seguramente en la maqueta o una representación de la misma.
¿Posibilidad real o sueños de un investigador neófito?