7/5/08

Niccolò da Tolentino, "el envidioso"

Niccolò da Tolentino es uno de los condottieri más conocidos de la primera mitad del siglo XV en Italia. Para los menos iniciados, resumiré que un condottiero era un general mercenario que vendía sus servicios a la ciudad que mejor pagara cuando estallaba una contienda. Y eso, en la Italia de la época, era muy a menudo. Su lealtad a las ciudades y repúblicas que defendía se basaba únicamente en cuánto recibían a cambio. Eran los cracks futbolísticos de la época, y por eso pedían los mayores reconocimientos y gloria para la posteridad.

En 1432 Florencia concedió a Michele degli Attendoli, otro conocido condottiero al servicio de la ciudad, un casco de oro (sería muy interesante saber quién lo hizo) valorado en la nada despreciable suma de 2000 florines. Como comparación, diré que el mismísimo Brunelleschi cobraba 200 florines al año por sus trabajos en la Cúpula. Una vez que Niccolò se enterò del regalo, y carcomido por la envidia, exigió al comune florentino ser reconocido con el mismo galardón, que no tuvo más remedio que encargar un nuevo casco ante el temor a perder a Tolentino, algo no deseable no ya por la pérdida en sí, sino porque su condotta (la soldadesca que le acompañaba) iría derecha a engrosar el ejército enemigo milanés, una experiencia conocida que Florencia no estaba preparada para repetir.

Tres años después, en 1435, Niccolò murió, y tal hubo de ser el miedo al condottiere incluso después de muerto, que además de enterrarle en la catedral (quizá hable otro día sobre la mezcla de lo sagrado y lo profano) le encargaron a Andrea del Castagno una pintura que le conmemorara, como la que ya había hecho Paolo Uccello sobre Giovanni Acuto (maravillosa italianización del inglés John Hawkwood) en un lateral del duomo.

5 comentarios:

Javier dijo...

Andrea del Castagno mola, pero yo siempre fui Uccellista...

Alex dijo...

Ya os comenté alguna vez aquella leyenda que cuenta Burckhardt de que hubo una república que contrató un condottiero que cumplió tan bien su cometido salvando a la ciudad de la destrucción que se debatió ampliamente sobre su recompensa. Unos decían que el dinero no bastaría, otros que una estatua en su honor tampoco bastaría, y que darle el mando de la ciudad tampoco sería suficientemente honroso para su héroe, con lo que decidieron matarle y nombrarle santo patrón de la república.
Curioso cuanto menos...

AliciA dijo...

jaja! Buena lección para el que nunca tiene bastante!!
Pues eso había que hacer ahora con algunos cracks futbolísticos, visto lo visto.
¿Cuál es la medida de la gloria?

Jorge Quirós dijo...

Yo entiendo lo de los honores post-mortem...¿quién se arriesgaría a ser invadido por un ejército de muertos vivientes??
yo desde luego no.

Anónimo dijo...

¿Sale el condottiero en la pintura de Andrea del Castagno con el casco de oro?
Así se aseguran que no le de por acercarse, no?
Un beso, Jelen